En la ONU, el silencio también hizo campaña
Verónica Malo Guzmán / Tres en Raya
Benjamin Netanyahu utilizó la tribuna de la ONU para hablarle a su audiencia más importante: los votantes israelíes que acudirán a las urnas este 27 de octubre. También, por supuesto, a quienes lo respaldan fuera de su país. Su discurso fue una defensa de Israel, pero también una pieza de campaña electoral. Al menos, así lo vi yo.
La Asamblea volvió a reunir a presidentes y jefes de gobierno en una semana de discursos y encuentros bilaterales. Javier Milei habló de las Malvinas y reiteró su cuestionamiento a la ONU; Delcy Rodríguez anunció elecciones en Venezuela como parte de una transición a la “plena democracia”… claro, sin poner fecha. Donald Trump llevó al estrado su repertorio de siempre. La organización sigue convocando al mundo. Que consiga algo más que reunirlo. ya es otra discusión.
Lo más interesante de esta semana fue el silencio. Los delegados de distintos países, convocados por la misión palestina, salieron de la sala como protesta al discurso del líder de Israel.

Sin querer —o quizá sin calcular el efecto— los delegados le dieron al primer ministro israelí una imagen útil. Muy útil. Netanyahu llegó a la ONU para denunciar que intentaban silenciarlo y encontró una sala que se vaciaba. No lo callaron: le dejaron el cuadro perfecto para afirmar que nadie quería escucharlo.
Lo que es obvio ya que el gesto de los delegados y el discurso de Netanyahu iban dirigidos a públicos distintos. La salida comunicó rechazo; él pudo presentarse como el hombre que seguía hablando mientras los demás se marchaban. “Cobardes morales”, los llamó.
De paso, convirtió la protesta en prueba de que, según su versión, el mundo no quiere escuchar “la verdad”. Qué conveniente resulta que hasta el rechazo pueda servir de argumento a quien ya llegó con la respuesta escrita.
Netanyahu no hablaba únicamente ante diplomáticos. Hablaba también ante sus votantes, a un mes de una elección en la que busca conservar el poder. La sala vacía le ofreció una imagen de aislamiento, pero también una medalla para exhibir: “si todos se van, puede decir, es porque nadie se atreve a refutarme”. A mí me parece que ahí está la eficacia —y la trampa— de la escena.
Llamar “cobardes” a quienes se retiran no resuelve quién tiene razón. Un gobierno puede protestar saliendo de la sala; otro puede sostener que esa salida evita escuchar su defensa.
Pero ninguna de las dos acciones responde lo esencial: cómo garantizar la seguridad de Israel después del ataque de Hamás del 7 de octubre, qué ocurre con los rehenes, cuál es el costo humano de la guerra en Gaza y qué obligaciones internacionales tienen los Estados.
Francamente a mí me interesan más esas preguntas que el marcador del intercambio en NY: ¿para qué sirve una protesta si no modifica ninguna decisión?
Hay otra imagen que tampoco deberíamos pasar por alto. Mientras Netanyahu habló en persona, Mahmoud Abbas intervino mediante un mensaje grabado, después de que Estados Unidos le negara la visa. Eso no vuelve automáticamente legítimo todo lo que diga la dirigencia palestina, ni borra sus problemas de representación. Pero sí deja a la vista una asimetría difícil de disimular: quién pudo ocupar el estrado y quién tuvo que hacerlo a distancia.
Netanyahu acusó a los ausentes de hipocresía y aseguró que algunos líderes le agradecen en privado por atacar a Irán. ¿Quiénes? ¿Cuándo? ¿En qué términos? No lo aclaró.
Y yo no descarto que sea cierto; tampoco voy a darlo por probado porque lo diga un político en campaña. La confidencia anónima tiene una ventaja notable: siempre puede ser invocada y nunca necesita presentarse.
La protesta organizada por la misión palestina fue moralmente expresiva. Políticamente, su eficacia está por demostrarse. Salir de la sala comunica rechazo y evita la normalidad ceremonial, pero no impone sanciones, no suspende armas, no libera rehenes ni garantiza ayuda humanitaria. Ahí veo una tensión, y a veces una hipocresía: la facilidad con que se escenifica el reproche y la dificultad para asumir el costo material de una política.
La ONU tiene su propio museo de gestos inolvidables. En 1960, Nikita Jruschov habría golpeado su escritorio con un zapato durante una sesión; incluso la propia organización advierte que el episodio está rodeado de versiones y dudas. El zapato quedó en la memoria. No necesariamente por lo que consiguió. La salida de los delegados puede correr la misma suerte: una imagen que sobrevive a la decisión que no produjo.
No hace falta escoger entre condenar a Hamás y examinar la conducta de Israel. Condenar los crímenes de Hamás no cancela ese examen; denunciar la devastación de Gaza tampoco borra a las víctimas israelíes ni a los rehenes. No lo digo para repartir culpas en partes iguales, sino porque el dolor de unos no puede ser la coartada para dejar de mirar el de otros.
Después de todo, no creo que la ONU esté muerta. Si lo estuviera, Netanyahu no habría necesitado ir a hablarle; ni los delegados, salir de la sala para protestar. Lo que sí mostró la Asamblea es que la tribuna todavía sirve para acusar, defenderse y hacer campaña, mientras cuesta cada vez más convertir esas palabras en decisiones y acciones multilaterales.
El silencio también hizo campaña. Ahora falta saber si alguien hará algo después de escucharlo.