MEXICANOS DESTACADOS EN LA HISTORIA
MEXICANOS DESTACADOS
EN LA HISTORIA
POR: MIGUEL ÁNGEL ANDRES TORRES ROLDÁN Y
SEVERO FRANCISCO MAR MORALES
FRANCISCO I. MADERO GONZÁLEZ
MÁRTIR Y APÓSTOL DE LA DEMOCRACIA
(NACIMIENTO: 30 /OCTUBRE/1873, COAHUILA;
MUERTE: 22/FEBRERO/1913, CIUDAD DE MÉXICO)
Hoy recordamos uno de los capítulos más profundos y transformadores de nuestra historia nacional.
Evocamos la memoria de un hombre cuyo valor civil, templanza moral y convicción democrática sacudieron los cimientos de una dictadura que parecía perpetua, para devolverle al pueblo de México el derecho sagrado a decidir la construcción de su propio destino.
Recordamos hoy, con el más alto respeto republicano, a Francisco I. Madero, justamente llamado por la historia como el “Apóstol de la Democracia”.
Para comprender la magnitud de su sacrificio y el alcance de su obra, es preciso volver la mirada hacia sus orígenes.
Francisco Ignacio Madero González, nació en el norte de nuestra patria, en la Hacienda del Rosario, ubicada en el municipio de Parras de la Fuente, Coahuila, el 30 de octubre de 1873.
Vino al mundo en el seno de una de las familias más prósperas, influyentes y acaudaladas de la época.
Fue el hijo primogénito del matrimonio conformado por don Francisco Madero Hernández y doña Mercedes González Treviño.
A pesar de haber crecido rodeado de privilegios materiales y de haber recibido una educación de excelencia en los colegios más prestigiados de los Estados Unidos y Francia, el joven Madero jamás se desentendió del dolor y la desigualdad que asolaban a su pueblo.
Sus lecturas, su profunda inclinación por el espiritismo filosófico y un genuino sentido humanitario moldearon en él una sensibilidad social fuera de lo común.
Al regresar a sus tierras de origen en Coahuila, no se limitó a administrar los negocios familiares; introdujo modernos sistemas de cultivo para mejorar las condiciones laborales de los hombres y mujeres que empleaban, fundó escuelas comerciales, comedores públicos y financió de su propio bolsillo la atención médica y medicamentos para los peones y las familias más vulnerables de la región norte del país.
Sin embargo, el espíritu de Madero no hallaría paz en la tranquilidad de sus haciendas.
Su verdadera vocación estaba en la redención política de la Nación. Observando el agotamiento del régimen del Porfiriato, Madero plasmó su ideario político en una obra literaria monumental publicada en 1908: La Sucesión Presidencial en 1910.
En aquellas páginas, Madero no llamaba a la violencia, sino a la organización ciudadana. Planteaba que un pueblo educado y libre era plenamente capaz de ejercer sus derechos civiles y políticos.
Su doctrina defendía con vehemencia la libertad de prensa, el fortalecimiento de los municipios, la independencia de los Poderes del Estado y, por encima de todo, el imperio de la ley a través del voto libre y secreto.
El pilar fundamental de su ideario se resumió en la frase que se convirtió en el grito de guerra civil y en un mandato constitucional imborrable: “Sufragio Efectivo, No Reelección”.
Ante la cerrazón absoluta de la dictadura porfirista, lo encarcelaron en San Luis Potosí bajo cargos falsos para arrebatarle el inminente triunfo en las urnas, Madero comprendió que las vías legales habían sido asfixiadas por el fraude.
Fue entonces cuando la historia demandó de él dar el paso definitivo de la Reforma a la Revolución.
Tras escapar de su cautiverio hacia el exilio, redactó el histórico Plan de San Luis, fechado simbólicamente el último día de las elecciones fraudulentas.
Es en este documento donde Madero, con dolor, pero con una firmeza inquebrantable, convoca al pueblo mexicano a las armas.
A continuación, señalamos un pequeño extracto de aquel manifiesto que despertó la conciencia de la patria:
“Haciéndome eco de la voluntad nacional, declaro ilegales las pasadas elecciones y quedando por tanto la república sin gobernantes legítimos, asumo provisionalmente la Presidencia de la República, mientras el pueblo designa, conforme a la ley, sus gobernantes… conciudadanos: si os convoco a que toméis las armas y derroquéis al gobierno de un usurpador, no es por el placer de desencadenar una guerra civil, sino porque no nos queda otro recurso para salvar la patria… en tal virtud, declaro el 20 de noviembre, desde las seis de la tarde en adelante, todos los ciudadanos de la república tomarán las armas para arrojar del poder a las autoridades que actualmente gobiernan”.
Aquellas palabras no fueron en vano. El llamado encendió una llamarada que cruzó desiertos, valles y montañas, uniendo en una sola causa a campesinos acasillados y despojados, a la incipiente clase obrera también explotados, a intelectuales idealistas. La dictadura cayó y, en 1911, Madero fue elegido de manera legítima como Presidente de la República en las elecciones más limpias, concurridas y libres que México hubiera presenciado jamás.
La administración de Madero fue un oasis de libertades públicas.
Por primera vez en décadas:
- Se respetó de forma irrestricta la crítica periodística.
- Se permitió la huelga obrera y
- Se buscó gobernar sin recurrir a la fuerza bruta, a la represión, ni a la tiranía.
Lamentablemente, su nobleza y su fe ciega en las instituciones democráticas fueron incomprendidas por los extremistas y traicionadas por el viejo cuño militarista.
En febrero de 1913, durante el trágico episodio conocido como la decena trágica, la felonía y la ambición desmedida del General Victoriano Huerta truncaron su gobierno legítimo.
El 22 de febrero de 1913, en un acto de cobardía infame a espaldas de la antigua penitenciaría de Lecumberri, Francisco I. Madero fue asesinado junto al vicepresidente José María Pino Suárez.
Creyeron sus ejecutores que matando al hombre enterraban sus ideales. Qué equivocados estaban.
Los restos del apóstol de la democracia descansaron inicialmente en el panteón francés de la Piedad, pero la historia y la gratitud nacional reclamaron su justo sitio de honor.
Hoy, en un acto de justicia histórica, los restos de Francisco I. Madero se encuentran sepultados en las criptas del Monumento a la Revolución, en la Ciudad de México, reposando eternamente al lado de los grandes caudillos que continuaron su lucha para edificar el México moderno.
La vida de Francisco I. Madero fue truncada a la mitad de su camino, pero su obra y su ejemplo permanecen como un gran recuerdo.
Madero no buscaba la gloria militar ni las riquezas personales; legó algo mucho más valioso: la dignidad ciudadana, la conciencia civil y la certeza absoluta de que el poder político de una nación emana única y exclusivamente de la voluntad soberana del pueblo plasmada en las urnas.
A más de un siglo de su gesta histórica, que la memoria de Madero no sea sólo un eco del pasado, sino la brújula que guíe el actuar cotidiano en la defensa de las instituciones y libertades.
Que su sacrificio recuerde siempre el precio que se pagó por la democracia y que, ante cualquier intento de vulnerar los derechos del pueblo, se siga sosteniendo con orgullo, valentía y convicción su eterno mandato republicano.
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