El origen de la novela

Fernando Padilla Farfan

Opinion

Opinion // Fernando Padilla Farfán 

Cuando hoy entramos a una librería y vemos mesas repletas de novelas, olvidamos que este género, el más popular y libre de toda la literatura, tiene más de mil años de historia y que su camino hasta convertirse en producto de consumo masivo fue tan accidentado como fascinante.

La pregunta que todos nos hacemos alguna vez es inevitable: ¿quién inventó la novela?

Si nos atenemos al concepto académico moderno de novela —una narración extensa en prosa, con personajes complejos que evolucionan psicológicamente en un mundo ficticio verosímil—, la crítica internacional coincide en un nombre: Murasaki Shikibu.

Fue una dama de la corte imperial japonesa que, entre los años 1000 y 1012, escribió Genji Monogatari (La Historia de Genji). No fue un relato épico de dioses ni una crónica de guerra, sino la historia íntima de un príncipe, sus amores, sus celos, sus decepciones y su vejez. Por primera vez, alguien se atrevió a explorar el interior del ser humano durante más de 1,000 páginas con 400 personajes entrelazados. Era, en toda regla, una novela psicológica mil años antes de que existiera la psicología.

Occidente tardaría siglos en alcanzar esa complejidad. En el siglo II, en Roma, Apuleyo escribió El Asno de Oro, y en la Grecia antigua hubo romances bizantinos, pero eran aventuras fantásticas y episódicas.

El verdadero parteaguas occidental llega en 1605 con un hidalgo manchego. Miguel de Cervantes Saavedra, con Don Quijote de la Mancha, inventa la novela moderna. ¿Por qué moderna? Porque Cervantes hace algo revolucionario: crea un personaje que sabe que ha leído libros y decide vivir como si estuviera dentro de uno. Hay ironía, hay narradores poco confiables, hay metaficción y, sobre todo, hay un individuo que choca contra la realidad. Si Murasaki inventó la novela, Cervantes le enseñó a mirarse al espejo.

Durante sus primeros 600 años, la novela no existió para el pueblo. Era un objeto de lujo.

La era manuscrita (1000-1440): El Genji se copiaba a mano por calígrafos de la corte. Un solo ejemplar tardaba meses. El Quijote, aunque ya existía la imprenta, circulaba en ediciones caras y con constantes errores de impresión. Leer novelas era un privilegio de nobles, clérigos y burgueses muy ricos.

La imprenta de Gutenberg: No hizo masiva la novela de inmediato. Lo que hizo masivo fue la Biblia y los textos religiosos. La novela era vista con desconfianza moral: la Iglesia y los moralistas la consideraban “mentiras que pervierten a mujeres y jóvenes ociosos”. En España y en la Nueva España, se prohibió llevar novelas de caballería a las Indias por temor a que distrajeran de la evangelización.

El siglo XVIII, el laboratorio inglés: La difusión real comienza en Inglaterra. ¿Por qué allí? Por tres factores: alfabetización creciente, una clase media con tiempo libre y el préstamo bibliotecario. Daniel Defoe (Robinson Crusoe, 1719), Samuel Richardson (Pamela, 1740) y Henry Fielding escriben para esa nueva clase que quiere verse reflejada. Nacen las circulating libraries, bibliotecas de suscripción donde por un penique podías llevarte una novela a casa. La novela deja de ser propiedad y se convierte en servicio.

El momento en que la novela se vuelve un fenómeno de masas tiene fecha, tecnología y nombre: 1836, la prensa a vapor y el folletín.

Hasta entonces, un libro costaba el salario de una semana. En 1836, los periódicos de París y Londres descubren que, si publican una novela por capítulos, en entregas diarias o semanales —el famoso folletín o feuilleton—, venden miles de periódicos más.

Ese fue el Big Bang. Honoré de Balzac, Alejandro Dumas y Eugenio Sue escribían contra reloj para el periódico del día siguiente. En Inglaterra, Charles Dickens publica Los Papeles Póstumos del Club Pickwick (1836) por entregas mensuales a un chelín. De la noche a la mañana, criadas, artesanos y obreros que nunca habían comprado un libro podían seguir una historia.

Tres revoluciones técnicas lo hicieron imparable:

La prensa rotativa a vapor (1814-1846): Multiplica por diez la velocidad de impresión.

El papel de pulpa de madera (1840): El papel deja de hacerse de trapos caros y se abarata 80%.

El ferrocarril: Lleva los periódicos y los libros baratos a cada pueblo. Surgen las colecciones de “novelas a un chelín” y “biblioteca ferroviaria” para leer en el tren.

Para 1900, la novela ya era industria. Julio Verne vendía millones con Hetzel; Conan Doyle con Sherlock Holmes hacía que la gente hiciera luto en las calles de Londres cuando mató a su personaje. En México, El Periquillo Sarniento (1816) de Fernández de Lizardi, considerada la primera novela hispanoamericana, ya había demostrado el poder del género para retratar a la nación.

Hoy, la novela vive su cuarta revolución: la digital. Del rollo de papiro de la corte de Heian, al libro cosido del Siglo de Oro, al folletín manchado de tinta del ferrocarril, hasta el e-book que usted lee en su celular en cualquier lugar del mundo.

Mil años después, seguimos haciendo lo mismo que Murasaki Shikibu en su habitación de palacio: asomarnos a otra vida para entender mejor la nuestra. Y esa necesidad, al parecer, sí es universal y eterna.