Existe un poder informal y criminal en México que hace que la descripción y el adjetivo calificativo sean palabras sinónimas. No se contraponen, pero tampoco tienen nada que ver, salvo cuando, en estos tiempos caprichosos, el búmeran está regresando a quienes lo lanzaron y se vuelven –otro calificativo– indisolubles. Descripción y adjetivo se han fusionado para pintar a un grupo que llegó al poder para coludirse, corromperse, traficar influencias y volverse millonario al amparo de la ‘Cuarta Transformación’, una narrativa histórica que diseñó López Obrador para ponérsela como sombrero en la mampara de los héroes nacionales, que para su desgracia, se está cayendo a pedazos.
Ayer, el arquetipo de los cánceres, Andrés López Beltrán, Andy, cuyo apellido es la fuente de su capital político, impuro y grotesco como vulgar copia del papá, dijo que es un político acosado por la prensa, acusado siempre sin pruebas, que nunca tuvo componendas empresariales con Jorge Amílcar Olán, que está escondido en Europa del Este con tres mil millones de pesos en sus cuentas y que enfrenta señalamientos que lo involucran en el contrabando de combustible, acusado por el contralmirante Fernando Frías Laguna, sobrino del exsecretario de la Marina.
Es mentira, según su dicho, lo que encontró la Fiscalía General de Alejandro Gertz Manero sobre su actos criminales, y a lo que llegaron también investigaciones posteriores sobre el contrabando de combustible en Altamira. El dueño de restaurantes y edificios, exhibido en la prensa por tener empresas de construcción, de venta de medicinas, de libros de texto y quién sabe de cuántas más, se presenta como un incomprendido, víctima de “la mafia del poder”. Los gringos le quitaron la visa porque quieren dañar a su padre, escondido entre Palenque y la Ciudad de México por el repudio que causa entre miles de mexicanos y por miedo a que vengan por él, como fueron por Nicolás Maduro, por lo que tiene reforzada su seguridad con drones.
Andy está herido y la sangre no coagula, aunque su doctora despache en Palacio Nacional. Igual están otros dos de su claque, muy cercanos de Claudia Sheinbaum: su estratega electoral, comunicacional y arquitecto de las fantasías conspiracionistas universales, Iván Silva, y el hombre que construyó la maquinaria de propaganda de López Obrador, Jesús Ramírez Cuevas, con su legión de youtuberos orgánicos, y los dinares para el columnista sofisticado que escribe en medios mexicanos y españoles, para quien habla como merolico junto con su pareja, o los fichajes más recientes que ambicionan asesorías o embajadas, y una nómina para tener a su disposición a sus mercenarios.
Silva es director de Heurística, una consultora que ha participado en estrategias políticas y electorales al servicio del exlíder de Morena, Mario Delgado, con los recursos del “rey del huachicol”, Sergio Carmona, y, más recientemente, de la presidenta Sheinbaum, quien le encargó el control de los instrumentos de comunicación digital, las encuestas y la construcción de percepciones públicas. Silva comparte sus asesorías con varias gobernadoras y gobernadores, algunas y algunos enemistados con la presidenta, y unos metidos en problemas legales en Estados Unidos.
El estratega no necesita ocupar una secretaría de Estado para tener acceso a información políticamente sensible o participar en decisiones estratégicas, y menos que esté imputado en cortes federales texanas por su estrechísima relación con Carmona. No hay riesgo de seguridad nacional, porque los estrategas electorales de Morena llevan años chapaleando entre la legalidad y la delincuencia. Tampoco le preocupa a Sheinbaum el conflicto de interés en el que se maneja sin pudor, porque los intereses electorales de la presidenta y los negocios particulares de su asesor se superponen sin reglas transparentes.
Ramírez Cuevas construyó su poder a partir de la cercanía con López Obrador y durante seis años administró la comunicación presidencial y fue pieza central en la construcción de una narrativa que convirtió la confrontación política en instrumento de gobierno. Su influencia trascendió las conferencias matutinas y lo usaba el expresidente como operador. Por ejemplo, él era quien transmitía las instrucciones de López Obrador a la defenestrada presidenta del INE, Guadalupe Taddei, y sirvió de enlace durante largo tiempo entre “el rey del huachicol” y López Obrador, a quienes reunió. Como Silva, también está imputado en expedientes criminales en Estados Unidos.
Ambos participaron en el universo de comunicación política que acompañó el ascenso del obradorismo, aunque posteriormente se distanciaron al producirse un cambio en la correlación de fuerzas en Palacio Nacional. No obstante la rivalidad que creció entre ellos, su papel en el círculo compacto de Sheinbaum demuestra que las estructuras informales de poder no desaparecen con el relevo presidencial. Pueden reorganizarse, cambiar de operadores y disputar nuevos centros de decisión.
Ramírez Cuevas, Silva y López Beltrán representan tres formas distintas de ejercer influencia dentro de la ‘Cuarta Transformación’. No constituyen necesariamente una organización articulada ni responden siempre a los mismos intereses. Por el contrario, sus relaciones incluyen rivalidades, disputas por espacios de decisión y lealtades diferentes. Pero sus trayectorias permiten observar un problema común: la concentración de capacidades políticas en personajes cuya influencia puede ser considerablemente mayor que las atribuciones formales que les corresponden.
Son poderes de naturaleza distinta, sin evidencia suficiente para afirmar que los tres integren una misma red de corrupción. Pero sí existe una discusión legítima sobre los controles institucionales capaces de impedir que esas modalidades de influencia se traduzcan en ventajas privadas, decisiones discrecionales o utilización indebida de recursos públicos. De Andy, hay suficientes declaraciones que en un país con mínima seriedad ya le habrían abierto varias investigaciones criminales. Del otro par, la revista Proceso publicó ayer sendos reportajes donde destruyen su presunción de honestidad y los deja desnudos, como hipócritas irredentos que lucraron con un movimiento que hoy se ve, era de barro.
