Del algoritmo al bolsillo
Cuando ‘influencers’ deciden qué compran nuestras hijas e hijos
Las redes sociales crearon una nueva forma de presión sobre la economía familiar: millones de niñas y niños descubren productos a través de sus influencers favoritos y trasladan ese deseo directamente a sus madres y padres.
Una golosina, un chocolate o un juguete pueden convertirse, de un día para otro, en objetos indispensables para quienes todavía no distinguen con claridad entre entretenimiento y publicidad.
El caso de Fede Vigevani es ilustrativo. El creador de contenido lanzó sus gomitas Friks en México, a través de tiendas Oxxo, y la demanda reportada provocó que algunos establecimientos agotaran sus existencias en menos de 24 horas. Así, una bolsa de dulces terminó convirtiéndose en una búsqueda de tienda en tienda, con mamás y papás que invierten dinero, tiempo y, en algunos casos, gasolina, para satisfacer el deseo de sus hijas e hijos.
Algo semejante ocurre con MrBeast, quien lanzó Feastables, su propia línea de chocolates. Ambos casos muestran cómo la popularidad digital puede transformarse en ventas de productos físicos: la audiencia deja de ser solamente espectadora y se convierte en mercado consumidor.
Las cifras revelan la dimensión del fenómeno. Según la Encuesta Nacional de Gasto 2025 del INEGI, los hogares mexicanos destinaron, en promedio, 19 mil 310 pesos mensuales al gasto corriente monetario. De ese monto, 34.9 por ciento correspondió a alimentos, bebidas y tabaco. En presupuestos familiares limitados, las compras motivadas por tendencias digitales compiten con necesidades esenciales.
Por su parte, la Procuraduría Federal del Consumidor, con datos de un estudio de UNICEF y del Instituto Nacional de Salud Pública, realizado en nueve estados, reportó que 69 por ciento de las y los menores encuestados estuvo expuesto al menos a un anuncio de alimentos o bebidas. De esos anuncios, 95.6 por ciento promocionaba productos de bajo valor nutricional. Además, más de 75 por ciento de niñas y niños reconoció haber insistido alguna vez a sus padres para comprar productos vistos en internet.
El fenómeno trasciende México. Una encuesta de PwC publicada en 2026 encontró que 61 por ciento de las y los integrantes de la generación Alfa consultados identificaba las redes sociales como un factor que influye en sus deseos de compra. Entre las niñas y los niños de siete a nueve años, la proporción fue de 57 por ciento.
Detrás de esta influencia existe una industria multimillonaria. La Interactive Advertising Bureau estimó que la inversión publicitaria estadounidense en la economía de las y los creadores de contenido alcanzaría los 37 mil millones de dólares en 2025, con un crecimiento anual de 26 por ciento. Aunque esta cifra no representa directamente el gasto de las familias, demuestra el creciente valor comercial de las audiencias digitales.
El mecanismo es sencillo: primero se construye confianza, después se presenta el producto y, finalmente, se despierta el deseo de pertenecer a una comunidad. Para una niña o un niño, comprar las gomitas de su influencer favorito no significa únicamente probar un dulce, sino participar en una tendencia y compartir una experiencia con sus amistades en el patio de la escuela.
El problema aparece cuando estas compras se vuelven recurrentes. Los pequeños desembolsos, acumulados, pueden afectar el presupuesto familiar, mientras que la búsqueda de productos agotados genera gastos adicionales. La presión comercial se instala en la vida cotidiana sin que siempre seamos conscientes de ella.
No se trata de satanizar a quienes crean contenido en redes sociales, ya que también generan empleos y oportunidades empresariales, sino de reconocer su responsabilidad ante las audiencias infantiles. Las familias necesitan fomentar el consumo consciente, establecer límites y enseñar que desear algo no significa necesitarlo.
Una infancia feliz no depende de conseguir todas las gomitas agotadas en un Oxxo ni de comprar el chocolate de moda. En la economía digital, las y los seguidores se cuentan por millones, pero la factura llega a cada hogar. Por eso, aprender a consumir con responsabilidad es hoy una tarea indispensable para las familias mexicanas.