El proyecto de la Cuarta Transformación se sostiene en una enorme congruencia entre el discurso y los hechos palpables. La combinación de esos factores, sumada a otros que son inherentes al movimiento, ha construido una realidad innegable en pleno auge del segundo piso que abandera Claudia Sheinbaum. Pocos protagonistas como ella, a estas alturas, han marcado un precedente sustancial que quedará para la posteridad. Así lo mostró un estudio internacional de Global Data: en la evaluación de aprobación de jefes de Estado del mundo, la mandataria se afianza en la primera posición con un respaldo global cercano al 70 por ciento. Antes de dimensionar ese dato, conviene revisar la lista donde figuran perfiles como Nayib Bukele y Laura Fernández de Costa Rica. Presenciar una perspectiva como esa es, por cualquier ángulo, un rasgo histórico que ensancha la memoria social.
Si revisamos el presidencialismo en México a través de la línea del tiempo, son pocos los presidentes que han trascendido por sus políticas públicas. A lo largo del siglo XX, cuando el sistema institucional daba sus primeros pasos, destaca el papel de Lázaro Cárdenas del Río. Eso provocó un efecto determinante al atender de lleno las necesidades más apremiantes de la sociedad: salud, educación, soberanía, innovación y una orientación enfocada en los más necesitados. Muchos pensamos que tardarían décadas para volver a tener un presidente a la altura de la exigencia del pueblo.
Y como siempre aspiramos a estar bien representados desde la máxima tribuna del poder institucional, presenciamos la hazaña que logró Andrés Manuel López Obrador. Al establecer un programa integral —atender primero a los pobres—, AMLO se ganó el cariño de la ciudadanía y garantizó que la comunidad estuviese marcada por acciones concretadas en todo el territorio nacional. Nunca hubo dudas de que el proyecto que reina en México rebasaría cualquier expectativa. De hecho, siempre supimos que quien ganara la encuesta de Morena —entre las llamadas corcholatas— tendría el enorme desafío de superar las estimaciones, el desarrollo y el progreso de las mayorías.
Sobra decir que Claudia Sheinbaum —basta ver los números de la votación final— comenzó a romper paradigmas desde que aplastó a la oposición. Ese récord de votación, registrado hace más de dos años, legitimó su mandato popular y le otorgó el poder suficiente para poner en marcha un esquema de fortalecimiento a las políticas públicas. Eso, como sabemos, la ha colocado en la cima, donde se incluyen los datos que hoy vemos como repunte. Un ejemplo claro, ya abordado en estos espacios de opinión: México alcanzó cifras récord de inversión extranjera directa gracias a los buenos oficios de la mandataria y de perfiles como Marcelo Ebrard. Como consecuencia de una relación diplomática eficaz, el país ha entrado en el croquis de las superpotencias mundiales por su relevancia en las cadenas de suministro.
Por eso, y por muchas razones, no es exagerado afirmar que estamos ante un hecho sin precedentes en la vida pública de México. Esto es, en definitiva, gracias a que las instituciones funcionan como un verdadero pilar y como un mecanismo para afianzar los recursos que dan solidez a la estructura económica. Hoy, los datos del INEGI vuelven a enorgullecernos como mexicanos. No hablamos solo de percepción, sino de resultados palpables en materia industrial. Los indicadores muestran que esa actividad subió 3.6% interanual. Esto significa que, a diferencia de otros países, México continuará abriendo camino al mundo de las oportunidades. Habrá más y mejores trabajos no solo en regiones con potencial consolidado, sino en otros enclaves que están adoptando medidas estratégicas con los polos de desarrollo.




